DE PROSTITUTO A SACERDOTE

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No vas a conocer jamás alguien tan ambicioso como un Sacerdote. No te dejes engañar por la sencillez de la ropa. En sus años mozos, Diego vivía en un paraíso lleno de riqueza, ríos de vino, hombres y mujeres vírgenes dispuestos a atenderlo. Hoy no busca nada del palacio y sus encantos. A él sólo le interesa el Rey.

El Reino de Dios permitió que Diego abandonara su vida como sexo servidor. Está por cumplir cincuenta años de edad y no tiene remordimientos en recordar su pasado al que llama: el camino para encontrar a Dios.

No le gustaba la palabra sexo servidor. Prefería ser conocido como Prostituto. Más silvestre, menos urbano. Más real, menos compromiso.

Otro día más, dinero que viene, dinero que va. Recuerda Diego. El último cliente se ha ido, solo quedaba una cama vacía, el cuerpo ya ha perdido su alma, su deseo de seguir, de buscar algo mejor ¿Qué le esperaba tendido aquí? el próximo cliente, la próxima agonía silenciosa…

«Casi ni recuerdo cuando fue que signifiqué algo para alguien. Apenas tengo un borroso recuerdo de aquella persona que alguna vez me amó, pero que yo no supe amar ¿Qué le podía ofrecer? no me arrepiento de aquella decisión pues ya era tarde para mi», relató desde un echadero en un hotel de la zona turística de Mazatlán llamada Zona Dorada.

Diego atendía a sus clientes en el Hotel De Cima y Hacienda. Reservaba los fines de semana una habitación para atender hasta siete clientes de jueves a domingo. En una noche ganaba cinco veces más de lo que cuesta rentar la habitación en temporada alta: 45 mil Pesos por fin de semana, a ojo de buen cubero comparándolo con lo que vale hoy la moneda mexicana.

«Busqué respuestas pero nunca encontré más que lo que ya sabía. Desde niño viví en las calles, mi padre era alcohólico, mi madre era mesera de un centro botanero. Yo no quería ese mundo, crecí con miedos pero no sé cuando me convertí en el monstruo de la calle y dejé de temerle», comentó.

No intentó quitarse la vida por desamor. Diego no sabía hacer otra cosa más que ofrecer su cuerpo a cambio de dinero. Ese mismo trueque lo ayudó a encontrar su camino en la religión.

Antes de que Dios lo nombrara el primer profeta de la Ciudad Perdida, es decir la Colonia Gabriel Leyva, una vecina llamada Doña Leonor se atrevió a salvar a Diego del infierno en que vivía en la favela mazatleca.

«Somos personajes de la vida que a veces parece una mezcla de parábola, biografía y relato épico. Luego de una fiesta me cuestioné la vida que llevaba. Entonces, siguiendo un impulso irracional, llamé a la puerta de Doña Leonor y le pedí prestada una Biblia. Busqué el cerro más apartado para leer y meditar. Y no sucedió nada. No hubo revelaciones. No hubo voces. Era la manera en que Dios decidió decirme que estaba conmigo», recordó.

Diego está de vacaciones, aprovecha sus días de descanso para relajarse en el hotel y, cómo conoce al dueño, por las tardes, organiza un grupo de oración para quienes deseen compartir el Evangelio de Jesús y recibir la Comunión.

«Me cansé de que me trataran de pervertido sexual. Esto tiene un sentido más allá de la carne. Pero una cultura monógama, que en secreto actúa como en Sodoma y Gomorra, no lo sabe. Nadie tuvo que decírmelo. Era el Verbo Dios, me estaba hablando, que me decía que mi destino estaba cambiando, que dejara mi pasado, porque me tenía preparado algo mejor», dijo.

Bajo este sol tropical la corbata me supo a manzana, como a la manzana de Adán atorada en mi garganta. Pedí al mesero otro Martíni Apple. Así, entre sudores penitentes, caminé sobre caminos poco rectos en los recuerdos del Sacerdote. Íbamos por caminos que parecen ir a todos y ningún lado. Caminos empinados, ondulantes, aguanosos, enmontados, casi siempre infestados de perros endiablados. Pero la consigna era una: tocar puertas. Tras una otra y otra y otra.

 

Por seguridad de su familia, el entrevistado solicitó no relevelar su identidad y aceptó a llevar el sobre nombre de Diego

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