CARTA DE AMOR: Tercera parte

Soy fruto del pecado. A Mazatlán me fui para respirar el salitre de su mar. Más hondo, onda de pensares revolotean mis andares e invaden el pasar de las gaviotas, si volaran encima de las nubes llegarían al más allá del que menos acá sabemos de él. Alucino despierto el batir de mis años cuando la niñez del rancho era dormir temprano en carrera perdida al canto del gallo. Ese qui qui ri qui aquí y el co co ro có de las gallinas daban marcha a las tareas del campo porque mi madre se encargaba del hogar, no te acabes machismo ingrato. Iba sin aire al establo de las vacas a sacarle palabras a las ubres, chorros de oro blanco borboteaban sobre el suelo minado de paja. Pronto Fedro la cubeta, agárrala cómo si fueran las ancas de una potra o no eres novillo muchacho, me den cía el caporal a mis catorce décadas de vivir entre el estiércol y las moscas. Abitáchate muchacho porque a tu padre no le gusta verte en sueños, nomás agarra la cuarta para hacerse de la ley del cerro, ni quien lo pare si los ojos se le embrujan. ¡Ah! Así era esto, tolerar la fútil paciencia del tiempo ignorante del infinito desenlace del amanecer en los valles. Abandoné el hogar con el pretexto de estudiar ingeniería, fue la mentira más cuerda que eché a mis padres luego de escaparme con Mauricio, mi primer amor, cumples 19 años ansioso por llevarte el mundo a la boca llena de hambre insaciable. Rentamos un departamento cerca del Centro Histórico, todo iba bien hasta que el alcohol nos divorció sin la bendición civil. Adiós Mauricio. A mis manos les costó trabajo zafarse de sus pezuñas, era un puerco en la cama. Los retazos de suspiros hilaron canciones de melancolía. ¿Tan pronto te olvidé Martín? Peco de mentiroso para menguar al silencio. Está precioso el Malecón de Mazatlán, la avenida parece una laguna transparente deshecha en vapores por donde se trasluce un horizonte carmesí a las seis menos cinco. Los camiones verdes con aire acondicionado me recordaban tu coloso rodante cuando te conocí. Llegaste primero que Mauricio pero él se atrevió a besarme primero, coronó mis labios pero tú tenías el tablero de juego a favor. Iba y venía del rancho al puerto, del pecado al pasado, del mar a la tierra hasta que te jalé conmigo un fin de semana mientras tu hermano se hacía cargo del camión para no descuidar la ruta a El Recodo. Tu madre la religiosa tenía un rencor vivo sobre mí, me veía con ojos de mala hierba, enredadera en creces cuando el aroma del aire sabía a tu pecho bravo de mesquitales. La lujuria me trajo a esta ciudad, quizá por eso busqué la ayuda profesional de una Sicologa. Mi vida se derrama en respiros y suspiros. El trabajo no falta en la cocina del hostal. Hoy ayudé a las plebes con el mandado, ni conté las jabas de tomate que compramos en el mercado, nomás supe que habría una cena especial para los invitados de la Patrona. Me cae que le gusta la comida italiana porque los aromas de las especias confirmaron mi intuición. El horario de trabajo es quebrado, muchos se quejan porque a última hora cambian los turnos, es mucha la ocupación del hostal, sobra el trabajo, abunda el que hacer, fatiga mi sien. Creo que hoy no fui tan cruel contigo Martin, entiende, estaba dolido, cómo explico tu vacío en mis cartas si llenas el silbido de los renglones arrieros. ¡Cállate ya cabrón!

Adiós

Fedro.

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