Carta de Amor: Final

Hola… ¿No tienes calor? Nosotros sí. La habitación es un horno. No veo el momento de quitarme la ropa, con urgencia, nada más quitar. De meterte en la ducha y compartir el agua corriendo por nuestros cuerpos, de ver cómo las dos pieles tan distintas se van uniendo, pegándose la una a la otra, fundiéndose finalmente en una sola. No veo el momento de que llegues una vez más. No le digas a Fedro que me cogiste. Si estás leyendo esto es porque te gustan los hombres y las mujeres, no tienes prejuicios ni límites para desbordarte en lujuria. No… Aprovecho estas líneas para que sepas lo que te espera hoy. Así que corre, no te entretengas por el camino, porque estoy ardiendo de deseo. Porque pienso en cómo va a recorrerte mi boca, buscando los mil recovecos de tu cuerpo, subiendo tu temperatura hasta que estés a punto de estallar. Y volver una y otra vez a sentirte muy dentro, tan dentro que no podamos separarnos y no nos quede más remedio que llegar al final, juntos, muy juntos. Pero no le digas a Fedro. Soy un susurro al oído, suave, que describe en palabras castizas lo que está sucediendo en la cama, el lugar del cuerpo por donde estás pasando tus manos, el punto exacto donde quieres que te toque. Soy un susurro que puede convertirse en la primera carta de un juego seductor que terminará en un anhelado orgasmo. No me prometas caricias con una piel que está tan lejos de la mía que no seré jamás capaz de sentirla en la distancia. Pero si cierras tu ojos, estaré ahí tocándote y tú tocándome. Lo único que tengo en mente es hacer desaparecer el aire que separa nuestros cuerpos cuando veo tu verga erecta. No quiero nuestra historia en una foto de un folleto de viajes para el día de los enamorados. Quiero que siga siendo algo prohibido, que se espía desde la clandestinidad, que arranca gemidos de gargantas heridas y mordidas en los labios, envidiosos del deseo que nos profesamos… ¡Aaaaay! Ni una palabra a Fedro. Sonrío sola… sonrío sin ti y contigo.

No te necesito en mi vida… y sin embargo te quiero en ella. No me prometas amor eterno, que para eternas ya están las telenovelas… De pequeña me enseñaron a jurar con los dedos cruzados detrás de la espalda, y ahora los meto en mi vagina mientras tus ojos se cierran, mientras se prometen mentiras nuestras bocas y se desnudan nuestras almas a los pies de la cama. El suelo vuelve a estar lleno de arena. No quiero llamarlo amor… porque me da miedo. Y no quiero que lo llames amor… porque suena a promesa.

Las lágrimas me empezaron a rodar por las mejillas, estropeando el maquillaje de día. En la entrepierna aún sentía el escozor de su pene, cogiéndome minutos antes en el cuarto de baño de mi oficina. Olía a corrida apresurada. Ahora podía entender a Fedro que deseara con tanta ansia empotrarme contra los azulejos del baño, abrirme de piernas mientras deslizaba con rapidez el bajo de mi falda hasta la cadera, y enterrarse de frente aun a riesgo de mancharse los pantalones del traje. La sorpresa de su deseo me había encendido, y no había encontrado resistencia en la decena de embestidas que duró hasta que me llenó de leche.

Aún podía escucharlo gemir contra mi cara.

Mi novio tenía una amante. Me había penetrado antes de contármelo por si mi reacción acababa siendo precisamente la que estaba teniendo. Quería venirse, simplemente por si era lo última vez que conseguía hacerlo dentro de mi cuerpo. Ahora su leche resbalaba por el interior de mis muslos, y no sabía bien qué necesitaba hacer con ella. Mi lado vicioso me decía que podía retener a ese hombre a mi lado, y que lo único que tenía que hacer era ser lo puta que había sido siempre. Llevarme un par de dedos a los muslos, sin quitarle los ojos de encima, y luego probarlo mezclado con el sabor que siempre desprendía yo. Pero mi lado enojado me arrastraba a bajarme las bragas, limpiarme en medio de la calle con ellas y arrojárselas lo más fuerte posible, tratando de acertarle en la cara. Sabía que estaba demasiado lejos como para que la tela no acabara cayendo en el parabrisas de cualquiera de los coches que circulaban por la calle, y que nos hacían en ese momento de barrera.

Lo odié con todas mis fuerzas… ¿Te das cuenta? Si estás leyendo esta carta quizá sea muy tarde para mi, quizá sobreviví a la putiza que me dio Fedro cuando le grité. Quizá alguien subió mi carta a Facebook y ahora soy una carta cadena más de una puta menos pendeja.

Soy Pilar.

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