CARTA DE AMOR: Segunda parte

Solo por hoy no laceré mis muñecas con la navaja que me regalaste Martín. La vida puede ser inasible si no la compartes con fe. Desperté con tu retrato, aquel rostro de ojos vaciados en un grito mudo. El cacareo sordo de tu voz: Fedro levántate, amor ya amaneció. Valiente soledad para alcanzar la santidad de la cordura. Este fin de semana comencé a trabajar en La Burra Panda. Es un lugar mágico, lleno de historia y tradiciones. Se ve que la dueña es una señora de alcurnia, esas de rancho empoderadas, te hubiera encantado conocerla, me la presentaron cuando pelaba los camotes para ponerlos a cocer en agua caliente y después bañarlos con miel de piloncillo. ¡Ah que rico sabía ese manjar! Te lo comías todo de seguro mijo. La jefa de la cocina tiene carácter, no se le escapa nada. Siento mucha confianza de su parte aunque ya vez, luego hay chismes, mitotes de radio pasillo que cuentan de ella. No les hago caso. La cocina es un laboratorio donde se juega con los sentidos, aspiras el aire perfumado y quieres descomponer los elementos de tu olfato. Reconocer los aromas pesados, suntuosos, que te rodean. El sazón se da con los puños, hice cajeta con leche, carbonato y azúcar, seguí la receta al pie de la letra. El resultado acabó en el bote de la basura. Los errores fatigan la voluntad pero consuelan con una calma voluptuosa. No te miento Martin, ayer te soñé como una estrella, traté de distinguir el origen de esa luz difusa, opalina que apenas te permite separar los ojos como si quisiera fijarse en una mueca alegre, en una sonrisa turbia. Te pienso con esa opresión en el diafragma mientras duermo en la soledad lejos del cuerpo que creí haber poseído. Sabes que mi pecho no es bodega, me solté hablando con una compañera de trabajo, le conté de ti. Por un instante reanimaste el deseo de saberte aquí, la ilusión tardía me lastimó. Te llevas las manos a las sienes, tratando de calmar los sentidos en desarreglo, esa tristeza vencida te insinúa restregarte los párpados para volver a la realidad. Mis labios extrañan la acidez pastosa de tu lengua, aquel lomo de jabelga que mis manos una vez erosionaron al talle. Lo sé, soy muy cursi cuando te escribo, la Sicologa me pidió que sacara todo lo que traía arrastrando en mi corazón. ¿Crees que es fácil esta tarea? No escuchar más el ruido de los goznes enmohecidos que anunciaban tu llegada al abrir la puerta. Me encontrabas de cara hundida en la cama, con los ojos abiertos detrás de la sábana revuelta esperando lo que había de venir, lo que la vida no podría impedir. El vapor oscuro de la luna empaña mis emociones, ni en mis treinta minutos de descanso puedo olvidarte, la bodega del hostal es inmensa, si vieras las ollas qué hay aquí, sus bocas pueden recibir hasta tres reces enteras descuartizadas. Se ve que no escatima en gastos Frau Divine, la meramente jefa de aquí. En una chance quiero volver al rancho donde nos conocimos, caminar descalzo sobre la tierra esquelética y sequiza. Admirar el campo infertil de alma errante, desgajada y rota. ¿Te acuerdas cuando disfrutábamos el aroma de la tierra mojada? Rodeados de susceptibles nubarrones, sucios al bramido de la tormenta muda y ver los rayos que dejaban mis nervios destrozados, dilatados pero tú me abrazabas en la razón escondida disuelta en la melancolía de que tarde o temprano ni adiós nos diríamos. Lo tenías tan bien planeado Martín. Te llevaste la carcajada del paisaje. Si no caí en el ostracismo fue porque tu partida se pegó a mi piel como un tatuaje eterno de crueldad que provocó desprecio. ¡Te odio Martín! Te aborrezco en el súbito momento en que el olvido del recuerdo se traga mis añoranzas en el abismo. Muerde y remuerde mis ideales para escupir huesos y carne vacíos del ser miserable que lleva tu nombre. Transmutaste mi corazón en piedra, pinche Medusa de rostro abatido, trágico, la cabeza que estalla con sus mil serpientes. Te escribo porque eres un cuchillo imaginario que destaza todo sueño, anhelo y esperanza. Su filo sin piedad punza cuerpos y parajes, rostros y latidos, actitudes y pensamientos. La depresión ha aguzado mis sentidos pero no los ha destruido ni embotado. Hoy el tiempo es incierto, la aguja de un reloj se mueve más deprisa de lo que se movía mi mano rozando tu entrepierna excavando en el eco terrible que te consumía. Mi excitación con su pálpito infernal del corazón era cada vez más fuerte, más apresurado, más sonoro, gemía sin que me tocaras y la pulsación se hacía cada vez más fuerte más fuerte, siempre más fuerte hasta correrme en mis adentros. ¿Acaso estoy en el purgatorio o está ocurriendo algo diferente? Terminó mi tiempo de descanso, Martín después te escribo. ¡No hay nada más bello y más honorable que matar!

A secas

Fedro.

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